Como os comentaba, esta semana pasada he hecho algo que se sale de mi habitual rutina de ir a trabajar/comprar/tareas del hogar/beber cerveza, así que os lo voy a soltar por fascículos ahora mismitico.
Visita a la fábrica de Akvavit
El akvavit es algo así como una especie de orujo con un poco de sabor a anís. Es un producto típico de este país, y los daneses están orgullosísimos de él. De hecho, la marca más popular se llama Aalborg y su fábrica está en esta ciudad. Si queréis haceros una idea del sabor de esta bebida, coged la botella de anís del mono seco que lleva mil años criando polvo en la estantería y mezcladla con Listerine del amarillo. Aunque creo que la mezcla saldría más suave que el akvavit.
Pues nada, hace una semana organizaron una visita a la fábrica de tan célebre mejunje y allí que me fui. El guía era un señor mayor, trabajador de la fábrica, un auténtico showman. Nos estuvo explicando cómo fabricaban el alcohol puro a partir de trigo -un proceso bastante asqueroso, por cierto- y cómo lo mezclaban después con mil mierdecicas. Mi única decepción durante la visita es que no quiso enseñarnos a los oompa loompas.
La campaña de medidas - el RATE se moviliza
Otro de los grandes acontecimientos de la semana pasada es que ya comenzaron la campaña de medidas para nuestro proyecto y, como no podía ser de otra forma, nos obligaron a participar uno de los días. Nuestra labor se limitó, sin embargo, a pasar cuatro horas dando vueltas dentro de una furgoneta que parecía la del Equipo A. La campaña consistía en hacer rutas circulares por diversos puntos de la ciudad en una furgoneta equipada con antena, mientras un escáner tomaba medidas. Los únicos que hacían algo eran Nacho, el "research assistant" asturiano del RATE, y mi supervisor vietnamita, Huan, al que todos llamamos "Juan". Hacer la misma ruta a las afueras de la ciudad seis veces fue, cuanto menos, edificante.
Visita al consulado
Resulta que en el país en el que vivís vosotros, pobres infelices, hay elecciones dentro de un mes. Y resulta que, por desgracia, yo sigo siendo ciudadano de dicho país, con todas las obligaciones que ello conlleva (como la de tararear Paquito el Chocolatero para disimular mientras robo latas de atún en el supermercado). Pues el otro día van y me dicen que me podrían llamar para participar en una mesa electoral, cosa en la que yo ni había reparado, y que, de ser así, me tendría que comer los mocos. La solución: echar un papelajo en la embajada en Copenhague diciendo que mire usted, yo me he venido a las Escandinavias y no me vuelvo a Granada sólo para participar en el proceso democrático. A menos que me pague usted el viaje y me deje traerme un palé de Alhambra verde a la vuelta. Pero me da que no va a ser el caso.
El caso es que no me apetecía pegarme un viaje de cientos de kilómetros para entregar un formulario, porque eso sería como volver al siglo XVII, y yo no veo a nadie con peluca blanca. Afortunadamente, mis compatriotas descubren que en esta ciudad tenemos una cosa llamada -atención al nombre- "Viceconsulado Honorario de España en Aalborg". Decidme que eso no suena a trabajo duro, y estaréis diciendo una mentira.
Nos dirigimos a dicho lugar una fría mañana, y descubrimos que se encuentra ubicado en un edificio de abogados, en el que no hay ningún cartel que diga nada de consulados. Pues nada, ascensor y cuarta planta, a ver qué se cuece. Salimos del ascensor directamente a una recepción sin señales de ningún tipo, todo lleno de abogados. Y en las mesas, pequeños cartelitos indicando el nombre de sus ocupantes. Pero ninguna Mari Pepi ni ningún Manolo. Todo nombres daneses. Me acerco a preguntar si saben por dónde puede quedar el consulado de España, y una señora mayor me dice, extrañadísima, que me encuentro precisamente en él. La mujer que me contesta no ha aprendido una palabra de castellano en su vida, por supuesto. Así que le explico la movida extendiéndome demasiado en detalles innecesarios -se me suelen cruzar los cables cuando me rodea tanto surrealismo- y, tras intervenir Nacho, parece que la mujer entiende lo que queremos. Después de calentarle la cabeza la cabeza un rato, conseguimos que nos ponga un sello de España en el resguardo y salimos triunfantes de la visita.
La cerveza navideña
¡Resulta que estamos en navidad, señores! Todavía no hemos pasado por Halloween y ya están los supermercados llenos de farfolla navideña. Pero, de entre todas las folletadicas, me quedo claramente con una:
¡Qué bonica!¡Una cerveza con copos de nieve! ¡Qué ilu! Lo cierto es que la cerveza en cuestión sólo tiene un grado más que cualquier cerveza normal y quizá un toque dulzón porque lleva jarabe de glucosa o Vicks VapoRub o la gargería que sea que le echan a la cosa ésta. Drogaína, seguro.
Y será por ver todas estas latas azules, tan alegres y festivas, o será porque aquí hace ya el mismo frío que en Granada a finales de diciembre, pero me siento como si estuviera en Navidad. Y todavía faltan dos meses. Desde luego, los vikingos éstos saben sacarle partido a las fiestas.
